Mecheros del mundo uníos

Hay gente que cree que robar cosas de las tiendas es cool.

Pero yo lo hice solamente de aburrida y de desesperada por algo que tuviera sentido.

Nunca hubo mucho que hacer en las tardes en Gran Avenida, menos por los lados de El Bosque.

Una vez me robé una chaqueta de cuero que costaba cien lucas. Todavía la tengo. Principalmente la saqué porque me empezaron a gustar los Ramones.

No me di ni cuenta cuando me empecé a volver buena en el asunto: desde la revisión piola de cómo estaban enganchadas las alarmas hasta impostar una actitud que no levantara ninguna sospecha. Esa actitud consistía en una cara de superioridad con una sonrisa hacia el guardia o mujer del probador que yo regalaba como si fuera caridad.

Al principio me robaba lo que podía pero después vitrineaba en serio y me probaba la ropa. Me pasaba toda la tarde en el Parque Arauco para después tomar la San Bernardo – Las Condes que en una hora me dejaba en la puerta de mi casa.

Cuando ya tenía más plata me profesionalicé aún más y compraba algo chico que viniera en una bolsa llamativa tipo Zara y eso me daba seguridad para robarme cosas aún más grandes como la vez que me robé una parka gigante que costaba 150 lucas. Era como de snowboard así que nunca tuve la ocasión de usarla como correspondía. Era pura tecnología anti frío pero me veía tan zorrona cuando me la ponía que no me la llevé cuando me fui a vivir a Inglaterra. Hoy yace casi sin uso en un armario que nadie abre.

No fue la vez en que me pillaron lo que me hizo desistir de robar (oportunidad en que me metieron en una celda de una comisaría de Las Condes con un animador de televisión que no había pagado la pensión alimenticia). Sino que fue cuando empecé a trabajar y a ser autosuficiente económicamente. Me compré un auto y me dedicaba a ir a la playa o a recorrer lugares de la horrible provincia del Maipo con mis amigos. Desde entonces robé no buscando algo que me gustara sino solamente cuando consideraba que algo que quería tenía un precio desproporcionado o estaba ridículamente fácil de robarse.

En Inglaterra por ejemplo nunca robé (en realidad casi nunca). Y eso que era híper fácil. Difícilmente uno encuentra una tienda con la ropa con alarmas, tampoco hay guardias de seguridad. En serio, nada tiene guardia de seguridad, ni las joyerías, ni siquiera los bancos.

Primero me convencí que no robaba porque era un país que me daba muchas cosas: amabilidad de sus ciudadanos, educación de una calidad que jamás había experimentado, un barrio hermoso y amigable, salud gratis. No le iba a retribuir a esa sociedad robando, sino siendo digna de ellos.

Sin embargo a veces pensaba que Inglaterra era una mierda de todas maneras: un ex imperio servil a Estados Unidos donde cada día sale más del clóset el racismo anti inmigración.

Pero igual yo no robaba. Quizás era un miedo inconsciente a irme presa y tener que devolver la plata de la beca.

Hasta que un día leyendo en Foyles, mi librería favorita, me vino a la cabeza una respuesta que me parecía lógica: lo que pasaba es que yo me había convertido en una persona educada y ya me había desprendido de un montón de ideas que me había metido la tele, mi entorno arribista y los blogs hueones.

Si me gustaban los Ramones no necesitaba una chaqueta de cuero, bastaba con bailarlos, bajar sus discos y leer sobre ellos.

Ya no quería sonreirle a un guardia nunca más en mi vida.

Sabía que para conquistar a algún cabro lo de menos era mi ropa. Sólo tenía que usar la insinuación correcta.

Hoy creo que nadie que haya nacido pobre roba porque quiere o porque le gusta. Yo robaba de vulnerable, de aburrida y desesperada por algo que tuviera sentido. Y ahora que superé la pobreza mental me doy cuenta que no necesito las asquerosidades que venden en las tiendas. Mucho menos la horrible ropa del retail chileno.

Entonces me parece necesario separar las aguas dentro de los que robamos en tiendas (¿mecheros o shoplifters?).

Hoy hay novelas, películas y todo tipo de producción cultural glorificando el robo. Lo hacen ver cool. Los menos tontos usarán el correcto argumento de que las grandes corporaciones se merecen estos robos (algo con lo que estoy completamente de acuerdo).

También hay un libro de un tipo que está escrito a partir de un robo fallido en American Apparel y al final el autor queda como un bacán que se hace el choro con los vendedores de la tienda. Lo publican en Vice y saca un libro.

Pues yo creo que ese tipo y los de su calaña son unos idiotas, también unos aburridos pero atrapados en la circularidad de la tontera que les impide parar y mirar qué es lo que está mal dentro de ellos que se sienten tan movidos hacia el consumo descontrolado.

Porque llega un punto en que el robo hormiga se vuelve vicio y es un vicio consumista en el que la línea que te diferencia de una esposa de futbolista es demasiado tenue. Yo me di cuenta cuando conté los millones que había acumulado en ropa mientras estaba sentada en mi pieza que quedaba en una de las comunas más pobres de Santiago. Toda esa ropa no me había servido para nada. Lo que sí me había servido eran las lecturas y los proyectos con mis amigos.

Además cómo puedes ser tan hueón como para que te atrapen en un American Apparel. Si en esas tiendas las cosas están regaladas de fáciles.

La belleza hace soportable la monotonía

Rescato esta frase de Simone Weil y su marxismo místico en estos días de vacaciones donde más encima leo El Color Prohibido de Yukio Mishima, una novela donde la belleza ocupa un lugar extremadamente provocador.

Shunsuké, un viejo culeado, reflexiona sobre “lo fea que es la felicidad” indicando con sutileza esa tendencia a derretirnos por lo incorrecto y de cómo lo incorrecto nos parece bello. Así volvemos a la idea de Weil de la belleza para sobrevivir a la monotonía.

¿No es acaso bella esta escena?

El estudiante se desabrochó los botones de la pechera y siguió fumando, tendido en el futón y apoyado en un codo. Cuando el ruido de las pisadas se hubo desvanecido, se irguió como un joven perro de caza. Era un poco más bajo que Yuichi. Éste había permanecido en pie, indeciso, y su acompañante le rodeó el cuello con una mano para besarle. Se besaron durante cinco o seis minutos. Yuichi deslizó la mano bajo la chaqueta de Suzuki. El corazón le latía con fuerza. Se separaron y, dándose la espalda, procedieron a desvestirse de una manera frenética.

Y con esta escena yo no ilustraría la felicidad. La felicidad es hablar y reír mientras que en Mishima “la verdadera belleza impone el silencio”.

Nubes y desrealidad

Imperceptibles las nubes se mueven y van a chocar

PAF suena el choque que es mejor ignorar y seguir en lo propio porque mal que mal has estado una canción entera dialogando íntimamente con uno de los hombres más atractivos de Chile.

El discurso amoroso opera con la existencia de nubes, nubes que ensombrecen el humor igual que la menstruación pero que con honestidad se soportan sin destruir la fantasía que se arma alrededor del romance. Porque la opción de escapar abre paso al enfrentamiento con el mundo atónito, al enfrentamiento con la desrealidad de llamadas telefónicas que no llegan, tiempos muertos y arrepentimientos. El mundo está petrificado para el que se enamora y no se puede soñar. Es mejor entrar a la alucinación, perdonar, ser invisible, dejar guiar por la luna nuestra frágil dirección. El resto es vanidad.

“Hay sin embargo nubes más sutiles; todas las sombras tenues, de causa ligera, incierta, que pasan por encima de la relación, cambian la luz, el relieve; hay de repente otro paisaje, una ligera embriaguez negra. La nube entonces no es más que esto: algo me falta“.

Todo lo anterior es para decir que quiero bailar esta canción con un chiquillo bonito y que al final nos demos un beso y que no importe nada.

Anotaciones de Roland Barthes – Fragmentos de un Discurso Amoroso, los apartados DESREALIDAD y NUBES

Una cita de El Retrato de Dorian Gray

“My dear boy, the people who only love once in their lives are really the shallow people. What they call their loyalty, and their fidelity, I call either the lethargy of custom or their lack of imagination. Faithfulness is to the emotional life what consistency is to the life of the intellect—simply a confession of failure.”

Una aclaración que considero necesaria respecto al uso del la palabra panóptico

Últimamente hay gente que le dice panóptico a cualquier tipo de vigilancia. No es mi intención hacer una aclaración literal respecto al panóptico forma arquitectónica carcelaria sino al efecto de poder que ejerce de acuerdo al trabajo de Michel Foucault en Vigilar y Castigar.

Porque lo clave del uso de este concepto en el trabajo del francés es la vigilancia permanente a pesar de que ésta sea discontinua en su acción. El efecto panóptico es tan poderoso que es irrelevante que las cámaras que un alcalde pone en su comuna estén grabando o a cuántas micros del Transantiago se suben los inspectores.

Hablar de panóptico sólo cuando estamos frente a tecnologías explícitas de vigilancia aleja de nuestro radio de análisis el máximo mecanismo de control que es el que reside de manera automatizada en nosotros como individuos y eso se manifiesta en la sujeción efectiva de nuestros cuerpos ante ideas que no son más que ficciones como el supuesto terrorismo en Chile. Es este tipo de control el que nos moviliza y nos lleva a transitar por ciertos lugares, mirar feo a determinada gente (incluso a nuestros pares), salir a la calle depilada, pagar la micro, etc.

Finalmente la vigilancia no está en las tecnologías, está implantada en nuestros cuerpos disciplinados de manera tan sofisticada que somos indistintamente vigilados y vigilantes en dimensiones que exceden lo criminal. El ejercicio del poder es mucho más sutil que la presencia de unas cámaras.

Sobre Chavs de Owen Jones

La lucha de clases la ganan los ricos cuando no nos queremos reconocer como clase trabajadora. La alarma que eleva Owen Jones respecto al Reino Unido es peligrosamente parecida a lo que se podría decir de Chile y la tendencia a que todos se crean de clase media.

Porque los trabajadores son aprovechadores, se reproducen sin control, son peligrosos, son básicamente flaites. Decirse de clase media es la declaración pública que nos alejaría de esa miseria.

Yo amo al Reino Unido, a su magnífico sistema de salud, a su dignidad, a sus artistas, pensadores y vecinos solidarios. El trabajo de Jones me desafía e invita a luchar contra el arribismo y la destrucción de nuestras clases trabajadoras minimizadas en ocupaciones donde sus habilidades son reducidas y su moral devastada.

Como en todo libro sobre los vicios neoliberales aparece el ejemplo chileno y no es exagerado ver con claridad cómo las alertas sobre la creciente frivolidad, esnobismo, consumismo desvergonzado, apropiación burguesa de las tradiciones populares, explotación laboral, segregación y nula conciencia de clase, en Chile son realidad. Somos el ejemplo a no seguir.

Dos momentos en El Extranjero

El Extranjero de Albert Camus es irresistible a la más temprana juventud: cuando la apatía es una idea brillante y necesaria ante los miles de estímulos y presiones que enfrentamos en esa etapa. Chicos que quedan como campeones diciendo “me casaría contigo pero la verdad es que me casaría con cualquiera que me lo propusiese” mientras los de veintitantos ya no nos permitimos ese cinismo por mucho que lo entendamos.

Como Meursault nos entregamos aliviados a nuestra ejecución pública. Aliviados porque tenemos el don de la cólera y el desprecio.

Camus nos interpela cuando vamos y también cuando ya estamos sentados de vuelta tomando un enguindado y las dos veces tiene razón.

Yo mañana tengo que ir a una oficina de extranjería a que la policía me dé un papel, trabajar cuando me desocupe de ese trámite que el viernes no pude hacer porque me dieron un número de atención para el que faltaban 150 personas y en la tarde tratar de irme antes porque el gásfiter debe reparar la ducha que tiene con una gotera el departamento de abajo. Mañana es otro día de trabajo.

Sigo romántica y revolucionaria

Una vez conversé con un chiquillo muy bonito e inteligente y dijo esto:

“No es la sexualidad hedonista, sino es descubrirte a ti, descubrir a otra persona, conocerse, encontrarse, tener contacto con algo. Lo de no encararse tiene que ver con querer mantener las distancias, una frialdad, protegerte del otro y el sexo es lo contrario, es entregarte, querer, se opone a esa autorrepresión, a ese miedo al otro que es lo peor que puede tener una sociedad porque la fragmenta.”

Ignorant verbal diarrhoea

En esta entrevista a Ellen Page, donde Ellen Page da lo mismo, la periodista Hadley Freeman acuña un gran punto donde describe lo que ella llama la “ignorante diarrea verbal” que se obtiene al preguntarle sobre feminismo a alguna celebridad. Lady Gaga por ejemplo, que más de una vez se ha puesto las banderas de las minorías responde sobre ser feminista: “I am not a feminist – I hail men, I love men. I celebrate American male and beer and bars and muscle cars”.

Semejante tontera, semejante mezcolanza de cosas nada que ver, es la prueba de un relativismo extremadamente imbécil que veo diariamente en mujeres de mi generación. Amparadas en ideas de libertad que no son más que un triste individualismo, ellas se suman a esta corriente de declaraciones tontas que repiten como loro. Los más avanzados incluso usan argumentos de la teoría queer para dejar a un lado la lucha por la justa igualdad de derechos. Fácil se me ocurren estos ejemplos:

- Yo me depilo porque quiero (Sí, claro)
– No porque hable de ropa voy a ser hueca (¿A quién le conviene que seas una consumista enferma?)
– Los homosexuales para qué quieren casarse, es una institución conservadora (Ehmm, se trata de derechos, además matrimonio igualitario no significa matrimonio obligatorio)
– Hay que ser femenina, no feminista (¿Saben quién dijo esto una vez? Felipe Bianchi. I rest my case)